Arqueología de Macarena

Un sargento enseña el baile de la Macarena a un soldado en Irak. Wikipedia

En la campaña electoral norteamericana de 1996 vimos al entonces presidente Bill Clinton y a su canciller de exteriores Madeleine Albright bailando aquello de Macarena. La escena, que podía parecer exótica, estaba llena de lógica. En el fondo, lo que se repetía con ritmo machacón no era otra cosa que una marcha de los marines, el cuerpo de élite del ejército norteamericano. Bailaban su propio ritmo.

Macarena es una canción aflamencada que llegaron a firmar el grupo Los del río en 1995. Sin duda, estos son autores de la letra –con una verbosidad casposa y un costumbrismo de los clasificados S- pero sobre la música, cuyos derechos cobran indudablemente, existen numerosas versiones. El relato que sigue es una de estas versiones, en algunos momentos grotesca, de algunos de nuestros mitos modernos, o sea, los derechos de autor, la autoría popular y la propiedad intelectual.

Sabemos que el grupo Los del río llevó una maqueta primera, hoy misteriosamente desaparecida, a los productores Manuel Soler y Jesús Bola que iban a perpetrar su disco, intulado, "A mí me gusta". En aquella maqueta podíamos escuchar una ridícula letra sobre la base de una canción infantil que en la zona de Arahal y Morón de la Frontera se conoce con la letra "Trabajando en las minas de pan duro". Todavía ni rastro del ¡Ay, Macarena! En fin, que Manuel Soler –un genio de la música y del baile, entre otras cosas, maestro de Israel Galván, bailaor del grupo de Paco de Lucía o “hacedor” del paso que marcan los costaleros de San Gonzalo-, por ciertas afinidades, empezó a enrollarse con el tema. La adaptación de temas infantiles, canciones de corro o de excursión, era algo a lo que acostumbraban el propio Manuel Soler o su colega, el maestro jerezano Diego Carrasco. Sobre este ritmo de marcha desarrolló una intuición sobre la que tenía alguna práctica. Tenemos que remontarnos a sus años de Guantánamo, donde fue contratado para entretenimiento de las tropas norteamericanas que venían de combatir en Vietnam, servicio por el que fue recompensado con la ciudadanía honorífica estadounidense. Manuel Soler sobre la marcha excursionista fue acentuando los ritmos –recordemos que fue Soler quién extendió el cajón por todos los estilos flamencos- hasta remarcar el original, alterando los acentos del cuatro por cuatro, y hacer así qué, lo que sonaba infantil recuperara su impronta ¡militar!. Podemos escuchar la versión original y comprobar que los acentos rítmicos estaban ya allí, los mismos que después duplicara la versión mix llamada “guerrillera”. A este trabajo rítmico hay que sumar el estribillo del ¡Ay, Macarena! que, con ayuda del Dr. Keli y el respaldo de cuero del sillón del productor, sacaron a duras penas a las agarrotadas gargantas del combo Los del río.

Es curioso que en 1975 el grupo Desmadre 75 –aquellos que con el "Saca el güisqui cheli" quisieran celebrar la muerte de Franco- sacó un tema, "Tengo una pena" –si yo fumara sería feliz echando el humo por la nariz-, que firmaba descuidadamente Alberto Cepeda, “El Chino” y que usaba estrofas de la misma canción infantil, por más que “las minas de pan duro” se transformaran en las de “Santurce”. Hay muchas acusaciones de plagio pero parece, finalmente, que tanto Desmadre 75 como Los del río bebieron –y bebieron mucho- de la misma fuente.

A partir de las OJE infantiles -una organización franquista, cruce entre los Boy Scouts y los falangistas Flechas- se extendió por todo el estado español una canción de marcha o de excursiones, que metía una letra popular y juguetona

Trabajando en la mina de pan duro,
Una piedra muy grande se cayó,
De 25 que estaban trabajando,
sólo quedamos 23, mi hermano y yo…

sobre un ritmo de marcha que los marines USA estaban popularizando en las bases de Rota, Morón de la Frontera y Torrejón de Ardoz. Marchas del tipo "I wanna be your drill instructor" o "Gimme that old marine corps spirit" habían sido adaptadas con letras en castellano y lo que Manuel Soler había sabido entender es la marca del ritmo, tomada directamente de una canción escuchada en Morón de la Frontera –aunque a mí me la cantara una niña de El Arahal-. Su experiencia en Guantánamo le había ayudado a identificar el ritmo que hacía proceder, casualidad, directamente de la base aérea americana de Morón de la Frontera.

Después, claro, con el éxito vendrían las demandas. La versión mix de Macarena, que hiciera el grupo Fangoria, fue la que hizo furor en todo el mundo. El grupo de Alaska acabó ganando un juicio a Los del río pues estos no querían compartir ni tan siquiera el 16 % de los derechos del arreglo. Del mismo modo Manuel Soler, Jesús Bola y Dr.Keli demandaron al grupo sevillano de sevillanas pero, en esta ocasión, su demanda se perdió. Claro, Los del Río dijeron haber extraviado la original maqueta pero también pesó esa cosa vaga de lo popular, el anónimo cajón de sastre de la música folklórica, para que el juez desestimara la demanda de los productores flamencos.

Desde que Mozart le ganó a Gluck una demanda por plagio del famoso fandango del "Don Juan", aduciendo que era un tema popular español, los malentendidos no han parado. El grupo de Dos Hermanas lo que sí entendió bien fue la acumulación capitalista originaria, ese soplo que, entre fiesta y fiesta, les daría, seguramente, un habitual suyo, el banquero Mario Conde, cuando las sevillanas se convirtieron en sinónimo de la cultura del pelotazo de los años 80. Si algo los delata como embaucadores es la zafiedad con que cuentan la “verdadera” inspiración de la canción, rendidos ante la vista de la neumática Diana Patricia, una bailaora de flamenco venezolana -¿chavista o anti-chavista?- rebautizada como la Macarena Criolla, como no podía ser menos. No existe ninguna versión de esta supuesta inspiración anecdótica contada antes de que comenzaran las demandas judiciales ni del baile que les hiciera el papa Wojtila, que también cantó Macarena. Porque fue el papa católico –católico, o sea, literalmente, global, universal- quién les regaló la fama, ¡ni la superbowl, ni las olimpiadas! , ¡el papa santo de Roma! , ¡70 millones de euros mal repartidos, qué se le va a hacer!

Está claro que en la historia de esta cancioncilla hay mucho trabajo acumulado y que sólo un par de señores –que no es uno sólo pero tampoco una sociedad anónima, como suele pasar- parecen haberlo explotado. Como da a entender la canción infantil de 25 que estaban trabajando… sólo quedamos mi hermano y yo. Básicamente se trata de un proceso industrial y apenas podemos pensar que esto les confiera algún derecho. Desde luego las leyes de propiedad intelectual no pueden avalar este plagio de plagios que, por otra parte, no es más que la forma natural en que se acumula la cultura. Cuando todos permitimos que gracias a la tecnología se pueda acumular tanta plusvalía en el trabajo también deberíamos permitir, por la misma regla de tres, que esa misma tecnología democratice al máximo la riqueza acumulada.

Trabajar en las minas de pan duro es efectivamente duro. Las músicas populares supieron siempre democratizar los avances tecnológicos que garantizaban su futuro, la propia diversidad les iba en esto -como ocurrió, por ejemplo, en Jamaica antes de que Virgin secuestrara a Bob Marley y al reggae- . El flamenco mismo supo reinventarse como “tradición” auténtica cuando las tecnologías les pusieron cerco. La industria, sin embargo, siempre ha intentado hacer del negocio mínimal de la música popular una más que abultada ganancia. De 25 que estaban trabajando “qué” sólo quedemos mi hermano y yo. Los intereses son muchos. La industria del entretenimiento y la militar son las más poderosas en los USA al día de hoy. Ayer mismo, el departamento de estado de Washington manifestaba su preocupación por el aumento de la piratería en España a pesar de la “Ley Sinde”. Por eso, que en este caso la acumulación originaria marque el ritmo de una marcha militar no deja de conferirle un cierto aire de caso ejemplar. Lo importante era ese ritmo y su consiguiente bailecillo –que tampoco es original pues la tontería, otro juego infantil, podemos verla ya en 1989 en el video de Los refrescos y sus hits ska "Vaya, vaya, aquí no hay playa" y eso es lo que supo desarrollar a la perfección Manuel Soler.

El aire machacón de una marcha de entrenamiento de los marines norteamericanos estaba haciendo mover el mundo. Sería una broma del destino, como decía el propio Manuel Soler, pero “ahí los tienes a todos, dicen que están bailando, están descompuestos y desfilando, que son muertos vivientes, zombies todos, al son de una marcha militar”.

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487 - gomper 07/04/2011 - 11.47

Yo esta canción me la aprendi en mi adolescencia (ahora tengo 51), bajo el título de Sinforoso. Decía así la estrofa:

Sinforoso amoroso ha venido,
Sinforoso amoroso ha llegado,
Sinforoso amoroso amoroso ha venido
en un bote de Sidol pintado.

En esta mano tengo cinco dedos
en esta otra tengo tres y dos

Sinforoso...(repite la estrofa)

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